EL OLIVAR UN SISTEMA MODIFICADO

Un olivar es un retazo de la naturaleza, es como un bosque - todo lo  claro y artificial que queramos, pero bosque - y funciona y se organiza como tal. No es una máquina a la que se le pueda subir o bajar la temperatura del agua o el número de revoluciones, o sustituir una pieza cuando se le rompa. Es un sistema natural  compuesto por todos los seres vivos que están presentes (vegetales, animales y microorganismos) y por el complejo total de los factores físicos que determinan el ambiente que les rodea. A estos sistemas naturales se les llama  “ecosistemas”.

            Los ecosistemas son las unidades básicas de la naturaleza. Tienen una estructura y una función peculiar, y sus características que no son atribuibles a las que resultarían de la suma de las de cada uno de sus componentes por separado. Por una parte se regulan a sí mismos, para mantenerse como son, y por otra se modifican con el transcurso del tiempo, van evolucionando.

            Para distinguirlos de los naturales (no intervenidos) a los ecosistemas agrarios se les suele llamar “agrosistemas”. Según Monserrat - ilustre ecólogo e investigador -  “agrobiosistemas son: aquellos ecosistemas en los que el hombre simplifica su estructura, especializa sus comunidades, cierra ciclos de materia y dirige el flujo energético hacia productos cotizados”.

 

Una receta para hacer agricultura ecológica

            En esta definición se encierra una de las pocas recetas válidas en agricultura ecológica. Se trata de tomar un ecosistema, o de recrearlo, - dándose cuenta de que lo es

- simplificar su estructura y especializar sus comunidades (lo necesario para obtener producción, pero sin afectar de forma irreversible a su estabilidad), cerrar los ciclos de nutrientes y dirigir el flujo de energía hacia los productos cotizados (en nuestro caso las aceitunas y el aceite). Se dice fácilmente, pero, ¿cómo se hace?.

 

Una advertencia importante

 
 

Para poner en cultivo  un territorio  hay que “simplificar la estructura” -  como dice  el profesor Monserrat - del ecosistema que contiene.  Hay que quitar de en medio  a aquellos seres, o conjuntos de seres, que molestan; por alguna razón, porque compitan con el cultivador en el aprovechamiento del producto buscado; o porque compitan  con la planta por el agua, los nutrientes, la luz o el mismo espacio para vivir; o, simplemente, porque estorben en el acceso para la recolección o las tareas de cuidado; o por lo que sea. Lo que está claro es que desde que el hombre empezó a hacer agricultura, siempre ha empezado simplificando, y ha seguido, a lo largo de toda la historia, manteniendo esa simplificación inicial o haciéndola mayor.      

            En la figura anterior, un dibujo del ilustre ecólogo Fernando González Bernáldez, se muestra en cinco viñetas la historia de la agricultura desde este punto de vista:  la simplificación de la estructura del ecosistema para aumentar la productividad. 

 

Al simplificar un ecosistema, quitándole componentes, se reduce su diversidad, y con ella se reduce también la estabilidad, el equilibrio. Es inevitable. Para manejar un ecosistema y obtener una producción en cantidad suficiente, es imprescindible simplificar su estructura y especializar sus comunidades. No hay otra forma de hacerlo. De un ecosistema maduro, complejo, como lo son los bosques  naturales o las marismas bien conservadas, es muy difícil obtener producción alguna, pues todo lo que se produce se consume dentro del mismo ecosistema; por decirlo llanamente, en un ecosistema maduro no sobra nada, todo se aprovecha. Para que podamos extraer nuestra parte, en cantidad suficiente, es imprescindible que simplifiquemos, en algún grado, el sistema.

Pero hay que ser conscientes que al hacerlo reducimos inevitablemente su estabilidad y que, para compensar esta pérdida - conjugando productividad y estabilidad a largo plazo - es necesario aportar energía y materiales desde fuera del sistema (trabajo humano y animal, combustibles fósiles, abonos minerales, plaguicidas, etc.), tanto más cuanto mayor sea la desestabilización.

            Quizás, sirva para aclarar lo anterior un ejemplo, algo chusco, pero útil:

 Supongamos que en vez del ecosistema a simplificar tenemos una silla; y que su estabilidad se la dan sus cuatro patas (como efectivamente ocurre). Estas patas son sus componentes, unidos por unos cuantos travesaños (las relaciones entre esos componentes) que también tienen su influencia en la estabilidad. Si para aumentar el rendimiento que esperamos de la silla (del sistema) tenemos necesariamente que simplificarla, y para ello no hay otro camino que eliminar algún componente (pata),empezaremos  la simplificación quitándole un componente, o sea una pata, y nos quedaremos con una silla de tres patas, que como todo el mundo sabe es perfectamente estable, incluso no cojeará nunca porque los tres puntos de apoyo definen un único plano. Se nos habrán quedado colgando los travesaños que se apoyaban en la pata suprimida, y esto resta cohesión a la silla, pero la pérdida es poco importante; sólo habrá que tener cuidado de no cargar el peso en el extremo de la silla que no tiene pata. Pero, somos ambiciosos y no nos basta con la productividad obtenida con esta primera simplificación, hay que forzar la máquina, simplificar más. Y le quitamos una segunda pata. Ahora la silla no se tiene en pie sola, habrá que dejarla apoyada en la pared, y si queremos sentarnos habrá que tener la precaución de equilibrarla bien y mantener siempre una de nuestras piernas bien asentada en el suelo, mejor las dos. Pero, hay especialistas en sentarse en las sillas sobre dos patas, así que, aunque  ha habido una pérdida notable de estabilidad, la cuestión no parece excesivamente grave. Los travesaños colgantes (interrelaciones) casi será mejor que se los quitemos. Aún le quedan dos patas así que ¿por qué no simplificar un poco más? – somos insaciables -. Le quitamos la tercera pata y ahora - hay que reconocerlo - la estabilidad se resiente bastante, la silla ya casi es inútil, pero, con un poco de esfuerzo por nuestra parte aún nos podemos sentar, sujetando el asiento con las manos, equilibrando bien el cuerpo y apoyando firmemente las dos piernas en el suelo (cada vez más energía empleada). La postura no es descansada, casi compensaría quedarse de pie, pero la realidad es que sentarse , lo que se dice sentarse , se puede. Ya puestos le podemos arrancar la última pata. La simplificación es máxima, quizás también la supuesta producción, pero la estabilidad es nula, la silla se cae sin remedio, sólo cabría mantener la apariencia de que la silla nos sostiene, sosteniéndola nosotros a ella, sujetando el asiento con las dos manos y agachándonos un poco, haciendo como si estuviésemos sentados.

           

            En el olivar ecológico hay que encontrar una posición intermedia que permita obtener producción sin afectar irreversiblemente a la estabilidad (¿tres patas? ¿dos?). Para ello es imprescindible conocer cómo se organiza, cómo es, cómo funciona el “ecosistema olivar”.

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