MÚSICA PROFANA

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Antes de que se escribiesen textos en lengua vulgar, tenemos referencias indirectas de que se cantaba en las fiestas familiares y sociales, en el atrio de las iglesias, en las plazas y en las calles. Desde el siglo VI al IX encontramos, entre otros, estos testimonios:

El concilio de Toledo (589), en el canon 22, prohibió los cantos del vulgo durante los funerales. Y en el canon 23 prohibió que el pueblo, en las fiestas de santos, en vez de atender a los oficios divinos, danzara y cantara “cantos torpes”. En el año 587 se prohibió cierta melodía que se cantaba en Cádiz a los difuntos (de texto no cristiano). Son textos tempranos sobre la existencia en España de lamentaciones fúnebres, que más tarde se conocerán como endechas y que se han relacionado a su vez con las seguiriyas.

San Isidoro de Sevilla (m. 636) tuvo en muy alta estima la música. En sus Etimologías  (cap. XVII del libro III) escribió que la música mueve los afectos, provoca de diversas maneras el hábito del sentimiento. En los trabajos ayuda al esfuerzo, dulcifica el alma, templa los ánimos. Incluso aplaca a las bestias (como hacían los gañanes hasta no hace tanto). Refiere que los trabajadores entonaban canciones amorosas durante sus trabajos para hacerlos más llevaderos. También la resalta como medio de oración. No se aleja esta doctrina del enfoque de Platón. Por san Isidoro sabemos que era costumbre que los estudiantes celebrasen las bodas con danzas y cantos, con acompañamiento instrumental, lo que nos sugiere un precedente de las tunas, conocidas a partir del siglo XVI-XVII. Denuncia la existencia de canciones asociadas al culto a los espíritus y a la adivinación y curación.

Resumiendo con Álvaro Galmés, en España como en toda Europa, hay textos de los primeros siglos de la Edad Media (del V al VII) que aluden a narraciones o cuentos, a relatos en versos, a cantos de amor, a cantos femeninos o de doncellas, de hilanderas o tejedoras, burlescos, fúnebres, de boda... Estos cantos iban acompañados de música, y a veces de danzas que realizaban muchachas especializadas, y eventualmente de rudimentarias representaciones escénicas. Estas actividades se desarrollaban en las ciudades, en sus barrios, en las encrucijadas de sus calles o en sus plazas, en las casas principales e incluso en el pórtico de las iglesias, en su atrio y aun en el interior del templo. Cantos, danzas y representaciones escénicas se celebraban en los días de Navidad, en la Pascua de Semana Santa, en las solemnidades de los santos o en celebraciones familiares.        

El carácter de vulgares y rustici  no es adjetivo del público que los realizaba sino de la lengua romance por oposición a la latina: in rusticam romanam linguam, in vulgarem romanam linguam. Era una música popular, en lengua romance (en el sur de España el mozárabe). Esta lírica, que ha permanecido durante siglos ‘en estado latente’ (es decir sin constancia escrita) afloraría poco después en las jarchas mozárabes.

Galmés nos recuerda que en la alta Edad Media (siglos V al X, cuando las lenguas habladas se iban separando del latín y surgían las lenguas romances, cotidianas) todos los pueblos románicos tuvieron cantos líricos tradicionales. Despreciados por la gente culta, que escribía en latín, sólo por datos colaterales encontramos referencias a ellos. 

Afortunadamente los poetas musulmanes fueron atraídos por lo exótico de algunas de estas canciones en el sur de España, y al construir con ellas sus moaxajas nos dejaron constancia escrita de su tradicionalidad y popularidad . La receptividad de los poetas árabes o hebreos de Al-Andalus posibilitó que casi por azar, nos hayan llegado algunas de estas jarchas o cancioncillas populares. Por eso poseemos en España los testimonios escritos más antiguos de esta lírica tradicional, común a toda la Romania, anterior a la de los trovadores, según defendieron ya hace años numerosos críticos, más bien filólogos que musicólogos: Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, E. García Gómez, Margit Frenk, Paul Zumthor, A Roncaglia, I.M Cluzel, P. Le Gentil o P. Dronke.

En conclusión: el estudio del repertorio ‘folklórico’ peninsular a lo largo de la historia arroja luces interesantes no sólo sobre el Flamenco como tema, sino sobre otros: la música en Al-Andalus, la música sefardita etc.  

Autor:

D. Miguel Ángel Berlanga 

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