LOS GITANOS Y EL FLAMENCO

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Nuestro autor concluye que los gitanos fueron durante cuatro siglos los depositarios de un repertorio que puede ser llamado hispánico en su esencia y que fue adquirido por inculturación. Todo indica que asimilaron muy pronto el folklore y la música popular, y que fue con las capas campesinas, especialmente andaluzas, con las que más en contacto estuvieron... y con los que más convivieron. A esto se une el carácter conservador en costumbres del pueblo gitano en general. He aquí una de las conclusiones:      

Está claro, pues, que un tipo de interpretación particular, propio de los gitanos, ha trastornado radicalmente el panorama musical de Andalucía. La dificultad esencial consiste en definir con precisión la naturaleza de las transformaciones operadas por los gitanos sobre un fondo musical cuya complejidad ya era muy grande (Leblon, 1991: 103).

                              

La geografía del cante.

De los dos únicos censos de gitanos que se realizaron en 1784 y 1785, se deduce que las localidades que más gitanos albergaban eran Sevilla, Jerez, Cádiz, Arcos, Sanlúcar, Puerto de Santa María, Lebrija, Utrera, San Fernando, Puerto Real, Écija, Marchena, Morón, Osuna, Carmona. Del total de gitanos españoles –unos diez mil–, casi un tercio vivía en estas localidades de las provincias de Sevilla (1997 gitanos) y Cádiz (1814). Salvo Granada y Málaga, ninguna provincia superaba los 1000 en la época.

Pero más que saber dónde eran más numerosos, importa conocer con precisión los lugares donde su integración social fue más efectiva. Esto lo consideramos más importante, puesto que el Flamenco lo vamos entendiendo ya como un arte de fusión, más que como la manifestación musical de una raza (la gitana) perseguida por otra (la andaluza, o la española en general).

Y es que en efecto hay datos históricos que nos hablan de una especial inculturación de la población gitana en Andalucía. Blanca Krauel, cita pasajes interesantes de viajeros ingleses por España en el siglo XVIII, en los que encontramos referencias a los gitanos. He aquí algunos que nos hablan de esa inculturación que, ya en el siglo XVIII, denotaban muchos gitanos en Andalucía.

Richard Twis observó que en Andalucía no había podido constatar la vida errante y de vagabundos que era habitual entre los gitanos de otras zonas de Europa. Algunos de los gitanos andaluces los descubre regentando posadas en aldeas y ciudades pequeñas, circunstancia que le facilitó tomar contacto con ellos.

Por su parte Henry Swinburne los observó dedicados a la fabricación de artículos de cobre para evitar que se les considerase como vagabundos. Asegura, quizás con cierta ligereza que todos eran católicos, lo confirmaría el hecho de que muchos llevaban colgado al cuello una medalla con la imagen de la Virgen del Carmen.

Sir John Carr observó a los gitanos en las calles de Cádiz vendiendo pañuelos de muselina. Y dejó escrito que eran más respetables y menos vagabundos que los gitanos de otros países europeos.

El irlandés Martín Haverty reparó en que eran fácilmente reconocibles gracias a su vestimenta, de la cual opinó que venía a ser ‘una exageración del traje nacional’.

Estos datos, que nos hablan de una cierta integración social de los gitanos, se refieren sobre todo a Andalucía occidental. A este respecto es interesante saber cuáles fueron las localidades que más usaron de la cláusula moderadora de la última y más dura ley anti gitana de los monarcas españoles: la Pragmática emitida en 1749 por Fernando VI, por la cual todos los gitanos debían ser apresados

En efecto, esta dura Pragmática contenía, no obstante, una interesante cláusula ‘humanitaria’: disponía que si las autoridades de sus lugares de origen reclamaban a los gitanos apresados, alegando ser personas de utilidad pública o con sangre andaluza, éstos serían liberados y restituidos a sus localidades. Pues bien: el 80% de los que salieron del prendimiento por este procedimiento fueron de las provincias de Sevilla y Cádiz. Más de los 3/4 de los gitanos sevillanos volvieron de esta manera mediante un certificado de buenas costumbres y utilidad pública. En Granada la proporción fue de 1/5. En Córdoba, algo menos de 1/3.

Y es que en efecto muchos gitanos llevaban tiempo desempeñando oficios estables, como el comercio (de caballos, secular entre los gitanos), artesanía e incluso trabajos del campo. En Sevilla y Cádiz, muchos fueron herreros, incluso algunos maestros herreros. También había cerrajeros, albañiles, carpinteros, molineros, canasteros, tejedores de esparto, arrieros, carniceros (Cádiz) panaderos y vendedores de diversas cosas. La mayoría vestían como los andaluces, muchos iban a Misa, pagaban impuestos, incluso algunos gozaban de privilegios. La población andaluza había simpatizado con ellos, cosa que no ha de extrañar, por ciertas afinidades: hospitalidad, don de gentes, la música, el sentido de la fiesta.

Fueron frecuentes los casos de matrimonios con andaluces/as, los cuales eran tratados legalmente como gitanos, así como los hijos. También en esto Andalucía muestra el más alto porcentaje: el 91% de los matrimonios mixtos, destacando también Sevilla y Cádiz.

A finales del siglo XVIII, un 67% de los gitanos sedentarios empadronados en toda España viven en Andalucía y la concentración más importante se halla en la Baja Andalucía. Este encuentro histórico entre andaluces y gitanos, reforzado sin duda por la protección que un tipo de nobleza terrateniente andaluza les brindó nos dice mucho sobre el surgimiento del Flamenco.

Volviendo a Leblon, termina su obra afirmando que la riqueza de la herencia cultural andaluza y la aculturación de los gitanos, contribuyeron a la aparición del Flamenco, este arte singular que ni es puramente gitano ni música tradicional autóctona agitanada (aunque tiene manifestaciones de esto último, entendemos nosotros), y que la reivindicación del Flamenco en su conjunto por una sola comunidad (la gitana o la andaluza) no tendría sentido. Si la aparición del fenómeno sería inexplicable sin la participación, fundamental, de los gitanos, igualmente sería inconcebible sin el contorno andaluz.

¿Qué nos dicen los testimonio de esa época de entre el siglo XVIII y principios del XIX, en la  que los gitanos andaluces ya estaban sedentarizados e identificados en buena parte con los modos culturales andaluces?

En el Libro de la gitanería de Triana, escrito a lo que parece en 1740 (editado recientemente), apareció un cartel añadido, del año 1781, que anuncia baile de gitanos en la venta El Caparrós, próxima a Lebrija. Lo que se ve es un paso de baile de pareja, al estilo de las seguidillas o de los fandangos tradicionales. Lo que se anunciaba era La Zarabanda bailada por cuatro parejas.

 

Autor: 

D. Miguel Ángel Berlanga 

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