LA SOLEÁ |

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Cante
con copla de tres o cuatro versos octosílabos con rima consonante o
asonante, que debió originarse durante el primer tercio del siglo XIX,
para acompañar el baile por jaleos, pero que con su práctica se fue
convirtiendo en un cante con entidad, hasta llegar a ser considerado uno
de los estilos básicos del cante flamenco. Las letras de sus coplas
responden a una temática muy amplia, desde lo intranscendente a lo trágico,
pero siempre con rebosante humanidad, destacando sus alusiones a la
vida, el amor y la muerte. En rigor, no debe hablarse de la soleá, como
se habla de la caña o de la granaína, sino del cante por soleá, o por
soleares, dada la cantidad de variantes y matices que posee. // 2. Baile
puntero clasificado hoy dentro de los estilos flamencos más
significativos y muy apropiado para la mujer, ya que los movimientos típicamente
femeninos, como los de brazos, ondulaciones de caderas y quiebros de
cintura, tienen en su ejecución una gran importancia. La mayoría de
los estudiosos e investigadores del arte flamenco consideran a la soleá
un estilo sumamente importante en el contexto general del mismo. Emilio
García Gómez opina lo siguiente: «A la soleá la tengo como reina del
cante jondo, por su relampagueante belleza y por su brevedad. Las
soleares son casi tan cortas como los refranes. A veces se diferencian
por ser estupendas explosiones de amor o de pena. Pero a ratos tienen
una sentenciosidad refraneril. Exigen el asenso, el ezo e (= eso
es), locución que una vez di como de origen árabe, con que la coreaban
los antiguos flamencos, cuando yo solía asistir a sesiones de cante
jondo... Sin meternos en honduras, que no son para hoy, y atendiendo a
la técnica, sería cómodo suponer que la soleá es una abreviatura,
por supresión del primer verso, en las infinitas cuartetas de nuestras
coplas comunes». Ricardo Molina y Antonio Mairena, en su obra Mundo
y formas del cante flamenco, teorizan así sobre el origen de la
soleá: «Es muy probable que la soleá haya surgido de algún cante
gitano para bailar en el primer tercio del siglo XIX, pues mientras más
antiguas son, más ligero y bailable es su compás. Con certeza no
sabemos nada. Lo único que hoy podemos asegurar, desde nuestro punto de
vista empírico, es que constituye por sí sola uno de los pilares básicos
del cante flamenco y como tal, autónomo, sin dependencia reconocible de
ninguna otra especie. Descartemos, pues, la arbitraria y rutinaria teoría
que la hace descender del polo y, remotamente, de la caña. Eso nadie lo
ha demostrado y sospechamos que nadie lo puede demostrar. Tampoco
admitimos, como hicieron algunos, que procede del jaleo por la sencilla
razón que jamás escuchamos ese cante ni sabemos de cantaor fidedigno
que lo interprete ni lo haya oído. En cambio, sí es probable que
derive de los cantes de Jaleo, esto es, de los que se jaleaban, de los
festeros. ¿Cómo cristalizó en su forma propia? Misterio. ¿Desde cuándo
se canta? Misterio también. El único dato cierto es que se trata de un
cante gitano en su origen, por su estilo y por sus maestros. De eso no
hay la menor duda. Esto hace que pensemos en la posibilidad de que mucho
tiempo antes de hacer su aparición pública en la Triana de 1840, fuera
cultivado en la intimidad del hogar gitano en la Baja Andalucía, que
indiscutiblemente fue su cuna. Pero, en rigor, no puede hablarse de
solea anterior a la mitad del siglo XIX. La primera voz conocida que se
queja por soleares fue La Andonda... De ahí deducimos que el mas viejo
centro geográfico conocido de la soleá fue Triana, el barrio natal de
La Andonda... Resumiendo nuestra opinión: la soleá debió empezar
siendo un cante para bailar como los tangos y las bulerías. Poco a poco
y a consecuencia de personalísimas matizaciones interpretativas fue
transformándose en cante para cantar, esto es, independiente del baile.
Finalmente, entre 1875 (época del Loco Mateo, La Serneta y Enrique El
Mellizo) y 1915 (época de Juaquiní y Joaquín de La Paula), se fue
convirtiendo en cante grande y solemne». José Blas Vega abunda en los
mismos puntos de vista, pero con matizaciones un tanto diferentes sobre
los orígenes y evolución de la soleá: «La mayoría de los cantaores
dicen que la soleá es la madre del cante. Teóricos y musicólogos
también lo reconocen. Los poetas la proclaman la reina de las coplas de
Andalucía. Es en la soleá donde se descubre el valor y el conocimiento
del buen cantaor, ya que por su conjuntación rítmica y melódica es el
toro bravo de la baraja estilística. Es al mismo tiempo que un latido
perfecto, la esencia poética de Andalucía. De su paternidad mucho le
debe al antiguo baile del compás ternario llamado el jaleo, muy popular
en Cádiz y Jerez a principios del mil ochocientos. Existen varios
argumentos que refuerzan esta teoría: Primero: El testimonio del
folklorista Rodríguez Marín que afirma que el alegre jaleo y la soleá
casi siempre son tres versos...; se dieron la mano, acompañados de una
misma música de aire ligero en las unas y lentos en las otras. Segundo:
García Matos ha comprobado en antiguos Jaleos, cuya notación conserva,
que tienen el carácter musical de las soleares. Tercero: Las primitivas
soleares son de tres versos, y cuanto más antiguas son, se aprecia en
su compás un aire más ligero y bailable. Cuarto: Sabemos que
antiguamente cuando las soleares las bailaba una mujer se llamaban
gelianas y cuando las bailaba un hombre jaleo. Por tanto no tiene nada
de extraño que, durante los cuarenta primeros años del siglo pasado,
no encontremos empleado el término de soleares y sí sea muy frecuente
el de Jaleo, mientras estuvo supeditado al baile, hasta que por el año
1850 adquiere naturaleza propia, debido a grandes interpretaciones
personales». La soleá
es uno de los estilos más arraigados en distintas comarcas cantaoras,
por lo que es muy difícil y arriesgado aplicar a una determinada su
creación, existiendo la posibilidad de que su contextura actual se deba
a los intérpretes profesionales, como se desprende de las repasadas
teorías que vislumbran su origen en el jaleo. De hecho existen soleares
de Cádiz, que se remontan a los nombres de María Armenlo, Soleá la de
Juanelo, La Sandita, La Cachuchera, Ana La Loro, Enrique Ortega, Enrique
Butrón, etc., de las que no han quedado versiones, pero que pudieron
ser las conocidas de Paquirri El Guante y Enrique El Mellizo, que son
las que tienen hoy vigencia. En cuanto a Jerez, las más representativas
y conservadas son las atribuidas a Frijones y unas más cortas
originales de Tío José de Paula; otras soleares jerezanas son las de
Ramírez, aunque menos interpretadas, así como la peculiaridad de las
grabadas por Manuel Torre y Juan Mojama, sin olvidar las modalidades de
Juaniquí y El Choza, que son las más recientes. En Utrera se ha
seguido siempre la escuela soleaera de La Serneta, jerezana avecindada
en aquella comarca cantaora, con variantes aplicadas a Rosario la del
Colorao. El Pinini y María Peña, que tienen una gran influencia en
Lebrija. Centro soleaero por excelencia es Triana desde el pasado siglo,
a través de La Andonda, Santamaría, Lorente, Silverio, Ribalta. Ramón
El Ollero, La Cuende, La Gómez, Fernando el de Triana, etc., voces
payas y gitanas que le dieron variedad al estilo, con versiones que han
seguido La Niña de los Peines, Tomás Pavón, Antonio Mairena, Pepe de
La Matrona, Pepe Pinto y tantos otros, además de las recientemente
reverdecidas llamadas del zurraque, propias de los alfareros. Y junto a
Triana, también tiene primacía soleaera Alcalá de Guadaira, con una
muy definida matización, de la que fue Joaquín el de La Paula su más
significativo divulgador, junto a Agustín Fernández y su hijo Juan
Talega, pero siempre manteniendo el sabor popular y colectivo de su
origen natural, sin apenas aportaciones personales. Finalmente,
puntualizar que las conocidas por soleares de Córdoba, no responden a
una forma autóctona, sino que proceden de la versión que hizo el
cordobés Onofre, inspirado en una soleá de Ramón El Ollero. En la
actualidad la soleá es un estilo de los más practicados por los
cantaores profesionales en festivales y recitales, dado que los buenos
aficionados de hoy valoran, en toda su dimensión, tanto sus
dificultades interpretativas como su diversidad de variantes, siendo
punto de referencia el saber distinguirlas para cualificar afición y
conocimientos. |
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